El Rosario del Instrumento del Hacia el Padre: Cuarto Misterio Gozoso

Por la Hna. María Palmer

Al Hijo, que concebiste por obra del Espíritu Santo
ahora en el templo, llena de anhelo de Redención
y con tu mirada maternal fija en nosotros,
lo devuelves al Padre regalándolo sin reservas.
Al igual que tú, Diaconisa de la Ofrenda,
entrego por los hombres aquello que más amo.

Father Joseph Kentenich, Heavenwards: Prayers for the Use of the Schoenstatt Family,
trans. Jonathan Niehaus (Waukesha, WI: Schoenstatt Fathers, 1992), 94.

El misterio

En 1944, durante su tiempo como prisionero en el campo de concentración de Dachau, el Padre José Kentenich meditó sobre los misterios del rosario y compuso breves poemas sobre ellos. Los versos citados arriba reflejan sus pensamientos sobre la Presentación del Niño Jesús en el Templo. Al rezar el rosario, también nosotros buscamos una comprensión más profunda de los misterios sagrados de nuestra salvación. Si meditamos en el cuarto misterio gozoso del rosario, encontramos una verdadera fuente de confianza, fidelidad y alegría en los misteriosos caminos que Dios, en su providencia, ha llevado a cabo para nuestra salvación.

El contexto

La Sagrada Escritura nos da el contexto de este misterio gozoso en el Evangelio según San Lucas 2, 21-24:

Cuando se cumplieron los ocho días y fueron a circuncidarlo, lo llamaron Jesús, nombre que el ángel le había puesto antes de que fuera concebido. Así mismo, cuando se cumplió el tiempo en que, según la ley de Moisés, ellos debían purificarse, José y María llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor. Así cumplieron con lo que en la ley del Señor está escrito: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor». También ofrecieron un sacrificio conforme a lo que la ley del Señor dice: «un par de tórtolas o dos pichones de paloma».

El contenido

La ceremonia tenía como objetivo cumplir lo prescrito por la ley judía. Así, vemos a José y María cumpliendo fielmente la ley al llevar al niño al Templo para darle un nombre, ofrecerlo a Dios como sacrificio de amor, rescatarlo mediante la ofrenda de un par de dos pichones y purificar a María, cuyo vientre se abría por primera vez tras dar a luz a un hijo varón.

Esta costumbre judía, descrita en Levítico 12:3, se nos explica en el Catecismo de la Iglesia Católica:

La Circuncisión de Jesús, al octavo día de su nacimiento es señal de su inserción en la descendencia de Abraham, en el pueblo de la Alianza, de su sometimiento a la Ley y de su consagración al culto de Israel en el que participará durante toda su vida. Este signo prefigura «la circuncisión en Cristo» que es el Bautismo.

CIC #527

La alianza

Toda la historia de la salvación puede entenderse en «lenguaje de Alianza», por así decirlo. Es el hilo rojo que recorre todo el Antiguo y el Nuevo Testamento como testimonio de la fidelidad de Dios en la realización de su plan para su creación. Y aunque nos hayamos alejado de su voluntad desde el principio – como en el caso de Adán y Eva, Dios ha permanecido fiel a su alianza, prometiendo un Mesías que vendría al mundo para sellar una alianza nueva y eterna para nuestra salvación.

En la Sagrada Escritura, todo pacto es una forma de consagración. Por tanto, toda alianza es una forma de establecer vínculos de manera natural-sobrenatural.  José y María, por eso, fueron al templo a consagrar a Jesús a Dios como «señal de su inserción en la descendencia de Abraham, en el pueblo de la Alianza». (CIC #527)

Tomando este concepto de alianza de la Sagrada Escritura como fundamento de la espiritualidad de Alianza de Schoenstatt, el Padre Kentenich promueve el sellar una Alianza de Amor con la Virgen como una forma de entrar en una relación de alianza más profunda con Dios y con los demás, de establecer un organismo de vinculaciones natural y sobrenatural.

Hablando de cómo vivir concretamente a partir de un organismo de vínculos de manera natural-sobrenatural, el Padre Kentenich dijo en el Santuario de Bellavista, Chile:

Queremos permanecer fieles los unos a los otros: los unos en los otros, los unos con los otros y los unos para los otros en el corazón de Dios.  Si no nos encontráramos allí, ¡qué terrible sería!  No piensen que por ir a Dios nos alejamos unos de otros.  No quiero ser sólo un poste indicador.  No, ¡vamos juntos por este camino!  Así será por toda la eternidad.

Talk of the 31 of May 1949

En este sentido, podemos entender bien la meditación del Padre Kentenich, citada anteriormente, sobre el Cuarto Misterio Gozoso del Rosario. Él imagina a María, ofreciendo a su hijo en el Templo, como alguien que está

llena de anhelo de Redención.

Porque la Santísima Virgen está unida a Cristo y a su misión de modo natural-sobrenatural, como corresponde a un organismo sano de vínculos, es plenamente consciente de que trae al templo a Aquel que concibió por el Espíritu Santo – el Hijo de Dios, el Mesías prometido – para consagrarlo al Padre por nuestra salvación.

Para el Padre Kentenich, esta conciencia de nuestra Santísima Madre es tan profunda que se imagina a María volviéndose hacia nosotros mientras nos ofrece a su hijo:

Y con tu mirada maternal fija en nosotros,
lo devuelves al Padre regalándolo sin reservas.

Para el Padre Kentenich, María lleva a Jesús al templo llena de confianza en que su ofrenda logrará nuestra salvación sin saber entonces, lo que sabemos ahora a través de la explicación del Catecismo: «Este signo prefigura esa ‘circuncisión de Cristo’ que es el Bautismo». (CIC #527)

Para el Padre Kentenich, la fidelidad de la Santísima Virgen en la ofrenda del niño Jesús en el templo, cuando tiene lugar su «inserción al . . . pueblo de la Alianza» (CIC #527), prefigura cómo la Santísima Madre es la gran diaconisa del sacrificio que se recrea en cada Santa Misa.

 

La buena noticia que nos llena de alegría es que – por el bautismo – podemos incorporarnos a la alianza nueva y eterna que Jesús selló con su sangre para nuestra salvación y que se renueva cada día en cada «templo» donde se celebra la Santa Misa.

Según la espiritualidad de alianza de Schoenstatt, al sellar la alianza de amor con María, la gran diaconisa del sacrificio, estamos confirmando nuestra incorporación a Cristo y renovando nuestra alianza bautismal.  Así, nuestra alianza de amor con la Santísima Virgen se convierte en medio, expresión y seguridad de nuestra incorporación al organismo de vinculaciones natural-sobrenatural, que es restaurado en su bondad y belleza en cada Santa Misa, al participar en la alianza nueva y eterna sellada por Cristo para nuestra salvación.

Hablando de nuestra incorporación a Cristo en cada Santa Misa, el Padre Kentenich dijo:

Deben imaginarse, ahora el cuerpo de Cristo está consagrado; ahora somos atraídos a este cuerpo misterioso. Ahora ya no vivo yo, sino el cuerpo de Jesucristo. Debo vivir de tal modo que Cristo tome forma en mí. Y mi trabajo cotidiano debe estar penetrado por este reconocimiento y realización de lo que misteriosamente acontece en la santa Consagración: Me incorporo al cuerpo misterioso de Cristo. El espíritu de Cristo debe hablar desde mi trabajo, mis acciones, mi querer y mi sentir. . . Pero lo que puede hacerme feliz es que estoy de nuevo incorporado a Él, que nada puede separarme de Él.

Quoted from To Remain in His Love: Chosen Texts about the Eucharist from Joseph Kentenich, ed. Peter Wolf

El rescate

Al igual que tú, Diaconisa de la Ofrenda,
entrego por los hombres aquello que más amo.

Sin duda, nadie podría estar tan cerca de Jesús al ofrecerse al Padre como rescate por nosotros, como lo estuvo la Virgen María. Sin embargo, el Padre Kentenich nos invita en este misterio gozoso del rosario a ser como la Santísima Madre y ofrecer lo que más amamos por la salvación de los demás, para que como alterae Mariae (otras Marías), participemos en la conducción de las almas por Cristo, con María, en el Espíritu Santo, hacia el Padre.