Una joven misionera – Una vida entregada

por la Hna. M. Emily Kenkel

Era la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, en 1958. Seis jóvenes hermanas, aún en el noviciado, zarparon cruzando el océano Atlántico, dejando su tierra natal en Alemania para ir a los Estados Unidos. Los Estados Unidos—no lo que normalmente consideraríamos “tierra de misión” en el sentido estricto de la palabra—, pero para estas hermanas significaba llevar una espiritualidad nueva y actual a la Iglesia católica en América: una alianza de amor con María, el anhelo de santidad en la vida diaria y la total disponibilidad como instrumento en las manos de Dios.

Una aventura para toda la vida

“Fue algo muy especial,” contó la Hna. M. Corelia, una de las misioneras. “Tuvimos nuestra despedida en el Santuario Original. Viajamos toda la noche en tren, y por la mañana fuimos a Misa. Eso nos retrasó un poco, y cuando llegamos al barco, ¡ya había comenzado a moverse! Tuvimos que subir por una escalerilla por el costado del barco. Ya no sé cómo lo logramos, pero lo hicimos.”
Ese fue solo el comienzo de una aventura que duraría toda la vida: la aventura de buscar y seguir la voluntad de Dios en cada momento.

Entregada con alegría

La Hna. M. Antoinette estaba entre las novicias misioneras que llegaron a Texas aquel octubre. Con solo 20 años, era la más joven —con un espíritu vivaz y dispuesta a construir el Reino de Dios. Tras un breve tiempo para perfeccionar su inglés, se dedicó de lleno a la pedagogía. Durante los siguientes nueve años, enseñó kínder, primero y segundo grado en escuelas católicas del sur de Texas. Tenía un don para la educación y un corazón para sus alumnos, quienes la apreciaban mucho. Su amor sincero por Jesús y su Madre Santísima se desbordaba en los pequeños y los marcó para toda la vida.

Como verdadera misionera, la Hna. M. Antoinette puso sus talentos al servicio de la comunidad con gran simplicidad durante toda su vida. No importaba de qué manera construía el Reino de Dios — lo que importaba era su entrega. Ya fuera enseñando, cocinando, catequizando o sirviendo como superiora de las hermanas, lo hacía con un espíritu de alegría y profunda fe. Rezaba. Vivía en la presencia de Dios. Su oración brotaba de un corazón auténtico y puro, y su dedicación a quienes se le confiaban fluía de esa unión gozosa con Dios.

Abandono total

Incluso cuando la demencia comenzó a quitarle gradualmente sus facultades mentales, lo que siempre permaneció intacto fue su espíritu religioso y su carácter alegre. Disfrutaba haciendo sonreír a los demás, a veces con un toque de travesura inocente. Todo esto era fruto de su total abandono a la voluntad de Dios: vivía completamente sin preocupaciones. Las palabras de Jesús, “Si no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mateo 18,3), se cumplieron plenamente en su vida.

El último viaje

Se hizo como una niña, y ahora Dios Padre la ha llamado a sí. El 13 de octubre de 2025 —sesenta y siete años después de aquel primer viaje misionero en barco—, ella zarpó hacia las orillas del cielo, el destino final de nuestra vida en la tierra. Echaremos mucho de menos a nuestra querida Hna. M. Antoinette. Pero, sin duda, hemos ganado una valiosa intercesora ante el trono de Dios. ¡Concédele, Señor, el descanso eterno, y brille para ella la luz perpetua!